tiene cepa en la carne. Soledades
de otros no serán jamás como la mía,
terrón y zumo de nocturnidades.
Solo esta rubia espada merecía
la tibieza y clamor de mis edades:
en la jaca del sueño te veía
con tus poleos de fragilidades.
Te conjuró el deseo y el vino
y la tarde de quedo desaliento
el cabello de aroma peregrino.
Y pareció cesar por un momento
el pavor que bebía en mi camino
al tener mi soñar por alimento.
Marcelo Jaurane
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